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jácaras reales

Dioses y monstruos

Dioses y monstruos

Trueba fue quien asimiló a Wilder por primera vez con Dios y tenía el hombre toda la razón. Lo que pasa es que esto del cine debe ser politeísta porque a mí me salen unos cuantos dioses más. No sé como habría que llamar a Kurosawa, por eso de que viene del Lejano Oriente, pero ya sea Dios,  Buda o Karma, el Kurosawa éste es la leche. Lo que daría porque vierais una obra maestra que tiene de menos de una hora que se llama Los hombres que caminan sobre la cola del tigre. O esa otra, Madadayo, su última. Traigo a Kurosawa porque quiero hablar de Toshiro Mifune y no se me ocurre hacerlo de otra manera. Sin rodeos ni historias.

 

Mifune es un fetiche del cine y del cine de Kurosawa. Ya eso. Y algo más también. Ya trasciende de lo puramente cinematográfico a lo más intrínsecamente cinéfilo. Los de Dogma hicieron una película que se llamaba Mifune sobre un retrasado mental que admiraba a Mifune. En la última película que me he visto, La fortaleza escondida, de Akira Kurosawa, Mifune se convierte en un icono de tales proporciones que se sitúa a la altura del Ethan de John Wayne en Centauros, o James Dean en tres películas sólo. O de la Marilyn forever. Lo que pasa es que viene del Oriente también y es lejano para muchos. Pero luego lo ves en Barbarroja o en Yogimbo o en cualquiera del millón de películas que hizo hasta su muerte y te das cuenta de que este tío, por múltiples razones, da miedo. Mucho miedo. O algo. A mí, lo que al final sea, me lo da. Como la Gioconda en no sé qué película, que me gustaría saber cuál es, en la que se nos ríe a todos (o todo es parte de mi leyenda fílmico-sentimental) con una carcajada sonora en el plano final de la película.

Mifune hizo unas películas específicas de samuráis famosos que algún día me dará por ver.

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