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jácaras reales

En la cima del mundo

En la cima del mundo

Tengo que volverme a ver Ragtime. Primero, porque así voy y la comentaba después en mi otro blog. Y luego porque así veo la que fue última película de uno de los tipos que mejor me ha caído en gracia de aquel glorioso blanco y negro. Del cine. Un tío que siempre se llamaba o Jimmy, o Danny o Johnny. Pero que después empuñaba y disparaba un revolver como pocos han empuñado y disparado ninguno. Aunque, para ello, James Cagney tuviera que ser siempre el chico que empezaba de la calle (Edward G. Robinson nació ya capo; Bogart, siendo el hombre con pasado) El chico que surgía de la nada.

En un especial de televisión, de ésos que saben hacer tan bien los americanos, Clint Eastwood dijo que para inventarse sus Harrys le sirvieron de inspiración los papeles que hacía James Cagney en las viejas películas de la Warner. Años 30 y 40. Como decía uno de los títulos de la colección Cine y música (Ed. Salvat, 1987-88) que tengo por casa, los años de la música de la época Kane.

Quiero verle por fin lo bien que bailaba entre filme y filme detrás de cada una de esas balas descargadas a sangre fría. Sin resentimientos. Quiero verle en Yankee Doodle Dandy. Ya lo he visto bailar en Uno, dos, tres, al otro lado del telón de acero. Aunque Uno, dos, tres no sea un musical.

Aquella quinta del año 1899. El año en que a la cinefilia le tocó el gordo de la lotería: Bogart, Astaire, Hitchcock, Nabokov, Hoagy Carmichael, Hemingway, Ellington, Cukor. Y James Cagney. Siempre on the top of the world.

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