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jácaras reales

La madre del invento

La madre del invento

Hace diez años tenía que hacerme con el paradero de algunos músicos que se atrevían a hacer jazz en esta bendita ciudad. Mi recorrido acabó en una tienda escondida en un pasaje de una céntrica calle de la misma bendita ciudad. No podía estar de otra manera, así de oculta y de recóndita, esta tienda que todavía espero que se dedique a esas nuevas músicas. La cuestión es que a la espera de que me atendieran (el dueño de la tienda hablando con un cliente delante de mí), esto vino a ser con lo que me quedé:

“Una vez que lo escuchas, ya casi no quieres escuchar ni te quedan ganas para escuchar ninguna otra cosa más”.

El dueño, que tenía claras muestras pegadas en la pared de que era íntimo de Trecet, se refería a Zappa. Frank Zappa. Han pasado diez años y he de confesar que en estos diez años he podido pero no he querido o no he sabido ponerme con Zappa. Ni siquiera he vuelto a ir a la tienda escondida, mejor recogida, en un pasaje de una céntrica calle de mi ciudad. Pero lo que sí estoy haciendo, o mejor he comenzado a hacer, es ponerme al día con esas injustificables asignaturas pendientes de las que uno siempre tiene vergüenza de confesar.


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