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jácaras reales

Hombres con cabeza

Hombres con cabeza

A John Coltrane lo nombra Aristarain en su película Roma, como uno de los iconos del jazz que fue de la época en que se desarrolla una buena parte del flashback de Roma. Lo nombran y lo escuchan en una librería de Buenos Aires, el dueño pone sus discos y los jóvenes los escuchan, los comentan. El librero dice algo así del batería de Coltrane: “Art Taylor, acá todavía tenía swing, Ahora se fue a la mierda. Lo salva McCoy Tyner”. La frase en si es muy de Cortázar, suena a que la hubiera dicho Cortázar. Cortázar es otro de los iconos de la época en que ocurre ese flashback de Roma. A Cortázar lo homenajea Aristarain en Lugares comunes, título que Aristarain saca de Rayuela, de Cortázar. A Cortázar quien le apasionaba era Charlie Parker, a quien homenajea en su relato El perseguidor. Cortázar tocaba aficionadamente la trompeta. Aristarain homenajea en Martín (H) a otro grande, pero de los desconocidos del jazz, aún para el aficionado medio, que es Elmo Hope, que también es de la época en que ocurre ese flashback de Roma. Dicen en Roma: “Entiende de jazz, para eso tiene que tener cabeza. Los que no lo entienden son lisiados mentales, o mujeres”.

Valor de ley (desagravio de lo infravalorado)

Valor de ley (desagravio de lo infravalorado)

Tarde de perros, de Sidney Lumet. El reloj, de Vincente Minnelli. El hombre de Mackintosh, de John Huston. Más dura será la caída, de Mark Robson. Ciudadano Bob Roberts, de Tim Robbins. Happiness, de Todd Solondz. Mash, de Robert Altman. Un rey en Nueva York, de Chaplin. Hola mamá, de Brian de Palma. Muerde la bala, de Richard Brooks. Niágara, de Henry Hataway. Los dioses deben estar locos, de Jamie Uys. Johnny O’ clock, de Robert Rossen. Quién puede matar a un niño, de Chicho Ibáñez Serrador. El gato conoce al asesino, de Robert Benton. La soga, de Alfred Hitchcock. En busca de Bobby Fisher, de Steven Zaillian. Malas tierras, de Terrence Malick.

Ficciones (V)

Ficciones (V)

Marnie la ladrona. El fantasma de Juan Nadie. Tú y yo. Lemmon y Mathau. Cary Grant de periodista. Cary Grant vestido de mujer. La nochebuena de Plácido. El hoyuelo de Kirk Douglas. La mirada de Dreyer. La cavatina de El cazador. Las trampas de El golpe. Los ojos de Nicholson. El bar de El resplandor. Un día en las carreras, más de uno en vino y rosas y otro más en Nueva York. El Óscar del padre de John Huston. El retrato de Jennie y el retrato de Dorian Gray. El material del halcón maltés. Los bailes de John Ford. Inisfree. El beso bajo la tormenta de Inisfree. Lo verde de aquel valle. El esplendor en la hierba. M de Dusseldorf. Eva al desnudo. El expresionismo alemán. Cuentos de la luna pálida, de Tokio. El melodrama de Minnelli. Los gangsters de la Warner. Jeanne Moreau con Jules o Jeanne Moreau con Jim. Simone Signoret.

Actor fatal

Actor fatal

Sólo hubo una cosa que impidió que John Cazale, tras los sobrecogedores papeles que había interpretado en la década de los 70, continuara aumentando su categoría como actor. Y fue que John Cazale murió en 1978 a la edad de 42 años. Hasta ese momento John Cazale hizo sólo cinco películas, pero esos seis años le valieron para ser uno de los grandes, de los mejores secundarios de la historia del cine. Lo realmente puñetero es que nunca hayamos visto a Cazale en la cumbre de su madurez. Qué Cazale nos hubiéramos encontrado hoy en 2005.

En todas sus películas despertaba piedad y ternura. A John Cazale le matan por orden de Al Pacino en la saga de El padrino porque su personaje, Fredo, ha traicionado a su hermano, o sea, a Pacino, a Michael. Lo que pasa es que Pacino, Michael, se espera a que se muera la madre de ambos, para que ésta no vea una reedición de la leyenda de Abel y Caín. El físico lo tenía; la fatalidad, grabada en su rostro, también. Verlo con una metralleta en Tarde de perros, también al lado de Pacino, y sin que apenas hable en toda la cinta, provoca escalofríos. Verlo en El cazador, de Cimino, al lado de Robert de Niro y al lado de Christopher Walken, provoca compasión si sabes que durante su rodaje todos supieron que tenía cáncer y que tras terminarse la película Cazale se murió.

Un chico de Split

Un chico de Split

Desde que se hizo jugador de baloncesto de primer nivel hasta el día de hoy, han pasado casi veinte años. He leído en una reciente entrevista que tiene intención de seguir jugando un año más, que su intención no es regresar a Europa, sino la de continuar participando en la mejor liga del mundo. Ya no es el jugador que dominara las canchas a su antojo, o ese jugador complemento para que en Chicago, a la sombra de Jordan, la ciudad del viento viese conseguir tres de los seis únicos anillos de campeón del club. Sus estadísticas nunca arrojaron la verdadera luz del juego de este chico, nacido en Split en septiembre de1968. A sus, pues, 36 años, puede, o no, que la noche del 20 de abril de 2005 haya escrito una de sus últimas líneas como baloncestista. Apodado La pantera rosa, La araña de Split, su capacidad para ganar títulos la dejó bien patente desde sus inicios, como en aquel campeonato mundial junior del 87 en Palma de Mallorca, donde deslumbró a los seleccionados americanos con 11 triples conseguidos en aquella final. Nacía para el gran públco el mayor talento técnico que había conocido Europa dentro de una cancha de baloncesto.

Decía a menudo que una canasta hacía feliz a un jugador, pero que una asistencia hacía feliz a dos. Con sus 2’07 desempeñó como nadie (mejor que los bases puros de sus equipos) el papel de play-maker allá donde jugaba: en la extinta selección yugoslava de los 80, en sus equipos de club, Jugoplastika, Benneton, incluso en Chicago. Pasó de plantilla en plantilla, año tras año, su nombre fue quedando en el olvido, para el más aficionado incluso. Para quien suscribe ver sus estadísticas, después de que él hubiera disputado un encuentro, suponía la primera satisfacción del día, si había obtenido unos buenos números. Si las cifras decían lo contrario, siempre le sacaba uno el mayor jugo a su estadística: ah, pero ha puesto 3 tapones... sólo metió 9 puntos, pero dio 7 asistencias. Me he identificado tanto con él, que hasta me dijeron en su día que me unía cierto parecido físico.

Puede que haya habido otros jugadores más anotadores, más killers en Europa, pero el talento le llamaba a hacer otras cosas. Preferí siempre sus apenas veinte puntos por partido, sus pases antológicos, su desgarbada figura en comparación con su altura. Un chico de Split que abandonó su puesto de extremo izquierda de sus años jóvenes en el Hadjuk, para ser un genio del deporte de la canasta. Porque para ello estaba destinado este zurdo de oro, ese eterno número 7 llamado Toni Kukoc.

Ficciones (IV)

Ficciones (IV)

La comedia italiana de los 50. Sofía Loren. Vittorio de Sica. Quien volara sobre el nido del cuco. La cabeza borradora. El hombre elefante. La censura española de Mogambo. El Doctor Zhivago. Robert Mitchum. Retorno al pasado. John Wayne parando la diligencia. Arroz amargo y Silvana Mangano. Gloria Grahame, Glenn Ford, Fritz Lang y los sobornados. Ser o no ser y Ninotchka. La Garbo ríe. Carole Lombard. Sucedió una noche. El juramento de Escarlata. David Lean en blanco y negro. Max Ophuls en blanco y negro. El cinemascope. David O. Selznick. Las mentiras de Pinocho. Las manzanas de la madrastra. Sinatra y Monty de aquí a la eternidad. La serie B de los 50. El montaje soviético. El animal más bello del mundo. Sinatra y el animal más bello del mundo. Bogart y la condesa descalza. James Cagney de gángster y James Cagney Yankee Doodle Dandy. Sólo ante el peligro. Gary Cooper. Los Diez de Hollywood. El guionista de Espartaco.

Adaptation

Adaptation

Hitchcock dice que no le gustaba la novela de Daphne du Maurier, que, a pesar de ese nombre, era inglesa. Contemporánea de Hitch, decía de ella que el estilo de Rebecca en libro era decimonónico y desfasado. Que se había olvidado del libro una vez leído y que montó su propia historia cuando la llevó al cine, Pero luego cuando lees el libro, no hay tanta diferencia aparente, o por lo menos hay muchas cosas del libro en la película. Ya en el libro no se le llama con ningún nombre a la Joan Fontaine del celuloide. Hasta parece que ya estaba inventada la cara de la Srta. Danvers antes de verla en el cine. En el cine la hizo Judith Anderson.

Hitchcock adaptó luego para Vértigo la novela de Boileau-Narcejac, que a pesar de su nombre sí son franceses, porque eran dos, Pierre Boileau y Thomas Narcejac. La historia es la siguiente: Hitchcock quiso comprar los derechos de la segunda novela del dúo. Se le adelantó Cluzot, el director francés, que ya había adaptado la primera novela del dúo, Las diabólicas. Entonces el dúo escribió De entre los muertos, con la idea de mandársela a Hitchcock. A éste la novela le gustó. Hitchcock se enteró de la jugada del dúo cuando se lo dijo Truffaut en las famosas entrevistas (El cine según Hitchcock) de 1966.

Sui generis

Sui generis

Jean Luc Godard dijo una vez, contra viento y marea, que estaba a favor la supresión de los cortes de publicidad (si no hay anuncios, se corre el riesgo de acabar con la financiación del cine) en los pases de las películas por televisión. Jean Luc Godard siempre ha ido contracorriente en muchas cosas, y para eso, no hay más que ver cualquiera de sus películas. A Jean Luc Godard le ha hecho Tarantino algún homenaje encubierto en sus historias, de esos homenajes que Tarantino suele hablar que hace. La compañía de Tarantino se llama A Band apart, la película de Godard se llama Bande à part. Y también lo hay el homenaje en Kill Bill.

Ana Karina era la compañera sentimental de Godard y protagonizó varias de sus películas. Godard le mandaba que mirara bastante a cámara y la cosa quedaba muy bien. Godard tenía mucha coña y se adelantó un poco a Tarantino en eso de citar, hacer guiños, homenajear, etc, etc. También se adelantó en eso a De Palma. Godard sigue haciendo cine, aunque aquí casi ni se estrena. Tiene cuarenta películas sin contar los cortos. Fue quien hizo estrella a Belmondo. Hay muy pocos tan sui generis como Godard.

Ficciones (III)

Ficciones (III)

El Pacino de los 70. El padrino I y El padrino II. La nuca de James Stewart. Cyd Charisse se levanta de una silla. Los Doors en Apocalypse Now. La última cena de Viridiana. El sello de Ingmar Bergman. Roma Citá aperta y Alemania Año 0. La última película, de Bogdanovich. La escalinata de Odessa. El Óscar a Hattie McDaniel. El toque de Lubistch. Las películas con voz en off. La voz en off en El crepúsculo de los dioses. La cara de nada de Cristina de Suecia. De Niro frente al espejo. Joan Crawford y Johnny Guitar. El río de Renoir. Kong y Fae Wray. Drácula. Bela Lugosi. Las leyendas de Bela Lugosi. El humor de la Ealing. La semilla de Rosemary. Nanuk el esquimal y los hombres de Arán. Federico Fellini. Roma en vacaciones. Las de piratas. El puente sobre el río Kwai. El slapstic. La screw-ball comedy o La fiera de mi niña. Walter Brennan. Edward G. Robinson en Perdición. La historia de Perdición. Todo en Perdición.

Ríos en la luna

Ríos en la luna

Cuando lees Desayuno en Tiffanys te das cuenta de que hay alguna diferencia entre el libro y la película. Pero te lo pasas igual de bien en una cosa y en otra. El guión de la película es de un experto que se llama George Axelrod. Axelrod omite temas como el de las drogas porque la película tenía que hacerse. Sí que sale el vecino oriental que en la película hace Mickey Rooney. El libro es un recuerdo de Holly, la chica que en el cine hace Audrey Hepburn, mientras que en la película la cosa se cuenta en tiempo presente.

A Truman Capote le han adaptado siempre bien el cine. Como con A sangre fría. Audrey Hepburn sale cantando con una guitarra la canción de Moonriver. Henry Mancini hizo también la música de La pantera rosa, Días de vino y rosas, Charade, etc, etc. George Peppard luego se pasó a la televisión. La película empieza con el amanecer de Holly desayunando delante de la tienda de joyas. Aunque la película tampoco termina como en el libro, da lo mismo porque te lo pasas igual de bien en una cosa y en otra. El peligro es quitarse de la cabeza Moonriver.

El creador de caos

El creador de caos

A Charlie Mingus le apodaban “El oso enfurecido” por su aspecto físico y por su fuerte carácter. Su fisonomía le iba bien a las dimensiones del contrabajo que tocaba. Luego en sus composiciones se translucía esa manera de él de pensar, sin ambages ni medias tintas. Fables of Faubus se la dedicó a un gobernador racista de los Estados Unidos que se apellidaba así, Faubus. Mingus era negro. Fue uno tres o cuatro mejores compositores de la historia en el jazz y uno de los mejores contrabajistas también.

Mingus estaba obsesionado con México. Sobre todo con la ciudad de Tijuana. La mente de Mingus se trasladaba a Tijuana en mitad de arrebatados estados de catarsis. A ella le dedicó el disco Tijuana Moods del 57. A Mingus le gustaba poner títulos inverosímiles a sus discos. Otro se llamaba The Black Saint and the Sinner Lady; otro, Mingus Ah Um. El mejor en cuanto a eso es Pithecantropus erectus. Al saxo Lester Young le compuso un tema cuando éste murió, Goodbye pork pie hat, que es una de las cosas más bellas que se han escrito nunca para la música. Podríamos calificar su música como caos controlado. Un muy buen caos. Hacía versiones a veces que duraban media hora o más.

Ficciones (II)

Ficciones (II)

La bofetada que le dan a Gilda. El pañuelo que se quita Gilda. El arsénico y las dos tías de Cary Grant. Los niños en el cine de El espíritu de la colmena. Las películas de Ozu. Los guiones de Billy Wilder. John Cassavetes. Gena Rowlands en las películas de John Cassavetes. Buster Keaton en Candilejas. Chaplin y la bola del mundo. El niño de Shane. Katharine Hepburn en Filadelfia. James Stewart y Katherine Hepburn en una piscina de Filadelfia. Laurel y Hardy. La leyenda de Brigadoon. John Garfield mirando a Lana Turner. James Cagney en la cima del mundo. Diane Keaton y Woody Allen. Los ojos de Bette Davis. Bette Davis de rojo en blanco y negro. El mutilado de Los mejores años de nuestra vida. La vuelta a casa de Fedrich March en Los mejores años de nuestra vida. La llegada del tren a la estación de La Ciotat. Las ventanas abiertas de La ventana indiscreta. Los diálogos de Bogart en El sueño eterno. El Óscar de Bogart en La Reina de África. El final de Y Johnny cogió su fusil. La única película de Charles Laughton. Los nudillos de Robert Mitchum en la única película de Charles Laughton. Los freaks de La parada de los monstruos. La voz de Pepe Isbert. Un perro andaluz. Spencer Tracy y Katharine Hepburn. Montgomery Clift.

Notas de autor

Notas  de autor

Leonard Bersntein compuso la canciones de la película de West Side Story. También compuso la música de La ley del silencio. Era más director de orquesta. De los mejores compositores de música del siglo XX en América, el quinteto sería Cole Porter, George Gershwin, Richard Rodgers, Jerome Kern e Irving Berlin. Casi todos eran judíos. Porter y Berlin se bastaban ellos y hacían sus propias letras. Los otros tenían parejas de letrista: Gershwin, a su hermano Ira; Rodgers primero a Lorenz Hart y luego a Oscar Hammerstein. Jerome Kern tuvo a varios, entre ellos a Hammerstein. Después de estos cinco están Hoagy Carmichael, Johnny Mercer, Harold Arlen, que hizo la música de El mago de Oz, y Vernon Duke. También Harry Warren.

Carmichael escribió Stardust, de la que algunos dijeron que era la mejor canción de la década de los 30. Carmichael sale tocando el piano en Tener y no tener y en algunas películas de la época. Carmichael tenía pinta de actor y caía muy bien a la gente. De él se dice que es el compositor más perezoso de la historia: Lazy river, Rockin chair (mecedora)... Kurt Weill vino de la Alemania nazi y compuso algo tan bonito como Speak Low. Antes hizo con Bretch en su país La ópera de tres peniques. A Johnny Mercer le rindió homenaje Clint Eastwood en la película Medianoche en el jardín del bien y del mal, con canciones como Skylark.

Ficciones

Ficciones

Marlon Brando y una camiseta. Joan Fontaine y su rebeca. El imperio austrohúngaro de Berlanga. Los cameos de Hitchcock. Groucho mirando a la cámara. El monólogo de Brando en Julio César. La muerte de Hal 9000. Isabella Rossellini cuando canta Blue Velvet. Ingrid Bergman cuando tararea As time goes by. El interrogatorio de Antoine Doinel. La estanquera de Amarcord. Brando gritando en el metro. El tercio final de Arrebato. Charlot. Jack Lemmon resfriado en El apartamento. Shirley McLaine en El apartamento. Orson Welles en el Prater. El suicidio de George Bailey. La música de El padrino. El hijo de El ladrón de bicicletas. La novia de Frankenstein. Ginger y Fred. Las tres películas de Dean. Audrey Hepburn y la Garbo. De Niro en Toro Salvaje. El rubio de Marliyn. Kim Novak teñida de entre los muertos. El camarote de los Marx. Robert Duvall en Matar un ruiseñor. Atticus Finch. Los hijos de Atticus Finch. El hombre que mató a Liberty Valance. El final de Atraco perfecto. La madre de Psicosis. El macguffin de Hitchcock. Las rubias de Hitchcock. La cítara de Antón Karas. Las dudas de Bogart. Las dudas de Ilsa. Gene Kelly con un paraguas. Un trineo.

El jazz de la cárcel

El jazz de la cárcel

A muchos músicos de jazz la vida les ha salido rana. Casi siempre por tema de drogas. Y cuando no tenían problemas, había alguien que se los inventaba o directamente era la policía la que metía algún gramo debajo de la almohada de un músico hospitalizado por desintoxicación para cargarles el mochuelo. Esto último le pasó a varios. Alguno donde iba era no a una clínica sino que acababa con sus huesos en la cárcel. Uno de ellos fue Frank Morgan, saxo alto que durante 30 años alquilaba o desalquilaba una celda en San Quintín y alrededores. A Morgan y a otros que estaban en su misma situación se les ocurrió un día una idea.

Junto a otro saxo alto, un maldito del jazz, Art Pepper, el trompetista Dupree Bolton y el batería Frank Butler, Morgan montó un pequeño grupo para matar las horas en prisión. Cuando el resto de presos se dedicaban a rondar el patio de recreo, ellos afinaban la nota improvisando libremente. A su ritmo recreaban el pequeño mundo de autonomía personal e independencia en su aislada fábrica de crear. Ésos eran los únicos y pequeños privilegios de los que gozaban, un hueco fugaz, pero eterno, en esos días de negro mate que ellos mismos se encargaban de transformar en su particular jam session de diversión.

Mel Torme: es de justicia

Mel Torme: es de justicia

Mel Torme no es muy conocido y a poca gente le suena. Se murió en 1999 pero tampoco se habló mucho de ello. Mel Torme era el cantante preferido del juez Harry en aquella serie de los 80 que se llamaba Juzgado de guardia. Torme llegó a salir en algunos episodios de artista invitado. Había una fotografía en la mesa del despacho del juez que salía en todos los episodios. O era en la pared. Antes de eso yo no sabía quién era Mel Torme. Lo conozco gracias al juez Harry.

Mel Torme era la mejor voz blanca de su época. Y muy buen cantante. Su forma de cantar era como la de un instrumento. Cantaba diáfano a través de un tamizado, muy puro. Ahora el que más se le parece es Kurt Elling, pero es otro estilo. A Kurt Elling tampoco lo conoce nadie. Torme componía y tocaba el piano, tocaba muy bien el piano. Los dos parece que tengan un controlador en el estómago que modulen a su antojo para producir altos o bajos, graves o agudos sin ningún problema. Se les puede comparar cómo cantan en una canción que grabaron cada uno por su cuenta, Prelude to a kiss de Ellington.

Señor K

Señor K

Me gusta que Kafka escribiera América sin haber salido en su vida de su ciudad, Praga, más que para olvidarse de sus fantasmas.
Me gusta que el protagonista de la Metamorfosis se convierta en escarabajo y que nosotros, como no lo vemos, no nos demos cuenta de lo repugnante que debe ser un escarabajo vestido con ropa de calle.

Me gusta que Kafka fuera un burócrata.

Me gusta que Kafka tuviera una novia eterna y que se llamara Felice. Con quien casi se casó fue con una tal Dora Dyamant, pero el padre de ella no lo consintió. Poco después Kafka se muere.

Me gusta que haya esa paradoja entre los nombres de esas dos novias y su vida.

Me gusta que se carteara con Felice de manera apasionada.

Casi se casa también con Julia Wohryzek, pero el mismo Kafka fue quien lo anuló, tras haberlo hecho público. Fue ahí cuando escribió la larga carta a su padre. También tuvo un par de encuentros con Milena Jesenska.

Me gusta que Kafka pidiera que después de muerto destruyeran todas sus obras.

Tengo que acabar de leer Conversaciones con el padre de Kafka.

Margarita se llama su amor

Margarita se llama su amor

Sólo Groucho Marx, alguien como Groucho Marx, puede ser capaz de tirarle los tejos a alguien como Margaret Dumont. O el dinero. Margaret Dumont tiene algo de otra época, o de irreal, o de old fashioned pero con mucho encanto. Margaret Dumont se lo debió todo a su figura. Dicen que un día los tres mejores de los Marx la recibieron desnudos en una habitación mientras estaban jugando a las cartas. Margaret Dumont era mejor hermano que Zeppo, o que Gummo, que ni siquiera salió en ninguna película. Zeppo sí, pero poco.

Sólo alguien como Groucho Marx puede enamorarse de Margaret (“Cuando yo miro sus ojos pienso en ballenas. Sus ojos brillan como mi pantalón azul cuando está sucio...”, etc, etc...) Margaret Dumont se casó con un millonario hasta que la rescató del ostracismo la compañía teatral de los Marx. En sus años mozos fue bailarina de cabaret. Luego quiso demostrar que era actriz de drama pero no tuvo éxito. Margaret Dumont no tenía sentido del humor y no comprendía a los Marx.

La familia de Vera Drake

La familia de Vera Drake

Vera Drake tiene dos hijos en la película. El hijo es sastre y un poco vividor. La hija es fea y retraída, pero al final se hace novia de un chico del barrio. El actor que hace del novio se llama Eddie Marsan y cuando lo ves en la película parece que se encuentre en el papel de su vida. O eso o es que es un buen actor. Como tiene unas facciones tan peculiares, puede hacer de Goebbels y bordarlo, si es tan buen actor como parece. Eddie Marsan salía también en 21 gramos y hacía de reverendo.

Su actuación es realmente impresionante. Imelda Staunton es Vera Drake y practica abortos a jóvenes en apuros. El marido de Vera Drake tiene un papel muy bueno también, sobre todo cuando ocurre algo que pasa en la película. Son todos actores ingleses, como el director Mike Leigh. La película sólo muestra los hechos pero no juzga. Jim Broadbent hace una intervención como juez. Esta película parece de ésas en que se diga que está basada en hechos reales, aunque por lo menos en los títulos no salga nada de eso. Una película basada en algo que ha pasado en la realidad no tiene por qué ser buena por decreto.

Fats Waller se reía cantando

Fats Waller se reía cantando

Fats Waller era el mejor pianista de la era post-New Orleans, si nos olvidamos de Earl Fatha Hines. Fats Waller tiene una vida de película, y siempre me lo he imaginado haciendo de él James Earl Jones, el actor negro que hizo de boxeador en La gran esperanza blanca. Fats Waller era negro y grande, muy grande, medía como 1’90 y pesaba mucho más de lo que le correspondía pesar. Y bebía, tanto que, cuando quería, tocaba con una sola mano la melodía, mientras que con la otra empuñaba la botella que tenía encima del piano.

Como era negro y tocaba la llamada música del demonio, a Fats, como después a Billie, le daban desde la productora unas canciones espantosas y con unas letras para llorar. Como él era un cachondo mental, hacía como que se lo tomaba en serio, pero es que su forma de hacer que se tomaba en serio esas canciones era imposible. No hay más que oírle cantarlas. Louis Armstrong era el mejor cantante de jazz de siempre, pero cuando Fats cantaba, se te dibujaba una sonrisa maravillosa en la boca. Fats Waller compuso temas muy bonitos y tocaba muy bien el piano. Era uno de los mejores. Nat King Cole también fue uno de los mejores, antes de que se pusiera a ganar mucho dinero con Adelita.