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jácaras reales

Lost in translation

Lost in translation

La novela de James Hilton, Horizontes perdidos, la llevó al cine Frank Capra. Hace tiempo que vi la película, pero hace poco que terminé el libro. El recuerdo de la película es bueno, pero no tengo imágenes fijas, salvo algunas, como la del avión aterrizado forzoso. Del libro te queda la impresión de haber leído algo entre o elegante o exquisito. En el cine el protagonista era una estrellona de la época, Ronald Colman. En el libro, este Conway es llevado en avión a la fuerza y misteriosamente, junto a tres personajes más, a un paraje inhóspito del Nepal. El conocimiento de otras costumbres, de otras maneras de vivir y tomarse la vida cambiará la vida de estos huéspedes involuntarios.

Pasajes extremadamente bellos se cuelan como por encantamiento en la narración. Verbigracia: “Ella era como un ángel de fría porcelana, sin más adorno que un rayo de sol”. Y más como éste. La americana Pearl S. Buck también supo descubrirnos los misterios de la vida cotidiana oriental en sus escritos.

Cines breves

Cines breves

A la vuelta de la esquina

Bien Christopher Walken, muy bien la broma montada en torno a lo que le pasa a Michael Caine. Correcta, si bien curiosamente al final te quedas con un buen sabor de boca.

A good woman

Desaprovechadísimo Oscar Wilde. ¡Otro director, por favor! Tom Wilkinson, un actor de oro. Interés decreciente, inversamente proporcional a lo recomendado.

No sos vos, soy yo

Chispazos argentinos. Más en los secundarios que en el protagonista. Agradable, aunque consabida, algún camino ya trillado. Vida perra...

Aquellos tiempos beta

Aquellos tiempos beta

Creo que ya no existe el video club B.thoven que había en las Delicias. Del video club B.thoven me cogí las primeras películas que me vi en video. Eran películas que me recomendaban enfurecidamente que viera. Era la época en que era casi obligatorio ver Evasión o victoria, de Huston, porque Pelé metía un gol de chilena contra los nazis. Luego vista, uno se da cuenta de que lo irrisorio es ver parar el penalti que para Stallone. Las primeras películas que me cogí del B.thoven fueron Y si no... nos enfadamos, de Terence Hill y Bud Spencer, Un millón para Boris, que la debí ver yo y dos más, y Gremlins, que en su momento me pareció una obra maestra. Y también Regreso al futuro.

Lo que el viento se llevó estaba en dos cintas. En el video club había una sección para los videos beta, que decían que eran el futuro y que además tenían una calidad mucho mejor que los VHS. Nunca vi una película en beta, entre otras cosas porque hacía falta tener un video beta, lo cual parecía algo inalcanzable o que sólo podían tener los que tenían mucho dinero.

El nombre del Quijote

El nombre del Quijote

Truffaut, Domicilio conyugal, diálogo entre Antoine Doinel y Ginette:


-¿Qué le pasa a tu pecho? ¿Es que tiene algo? A ver... no son los dos iguales
-Qué estás diciendo, estás loco.
-No, no, te lo aseguro. Uno es más grande que el otro.
-Eso no es verdad.
-Sí, sí que lo es...
-No es verdad.
-Y yo te digo que sí...
-Todo el mundo es así, ¿no?
-No. Todo el mundo no. Mira, para diferenciarlos les pondremos un nombre. Por ejemplo Laurel y Hardy.
-Tonto... No, no, es verdad.
-Bueno, si te gusta más, a éste Don Quijote y a éste, que es el grande, Sancho Panza.
-No me hace ninguna gracia.

Malditos

Malditos

Hal Hashby dirigiendo en los 70. Paul Naschy y sus misterios. Seymour Cassel, fetiche cassavetico. Philip Seymour Hoffman (de Óscar en La última noche) Bertrand Blier en Francia. Ugo Tognazzi en Italia. Pasolini, su muerte, su cine. Los experimentos de la factoría Warhol-D’Amato-D’Alessandro. El primer David Lynch. La enorme Laly Soldevilla. Los mudos Mack Sennet, Max Linder. Jess Franco y Lina Romay. Mel Brooks. Abbot y Costello. Lola Gaos y todo el reparto de Furtivos. El desconocido Bela Lugosi. La vida de James Whale. Las historias cubanas de vampiros. Pam Grier, Foxy Brown, el cine afro de los 70. Los malos de los James Bond de los 60. Cronenberg. Bob Fosse. Rainer W. Fassbinder.

El típico protestante

El típico protestante

El primer partido que inauguró la era moderna en el tenis fue el que disputaron en la final de Wimbledon de principios de los 80 el sueco Bjorn Borg y un recién llegado con malos pelos John McEnroe. El resultado fue lo de menos, pero creo que ganó el último. Por aquel entonces Borg era casi un fenómeno sociológico. Creo que fue a cinco sets. Un poco después que McEnroe salió Ivan Lendl, que era el jugador prototípico de la guerra fría, el jugador venido del frío Este. Tan frío parecía, que hasta parecía que era ruso, cuando de verdad era checoslovaco. Luego se hizo americano. El que en realidad era el tipico americano era McEnroe, aunque había nacido en Alemania.

No había color entre McEnroe y Lendl, ni aún con los otros, porque a Jimmy Connors le quedaba ya la cuesta debajo de su carrera. Sobre todo me acuerdo de las jugadas a bote pronto en que McEnroe lograba dejar la pelota muerta cuando subía a la red. Y por si alguien no lo sabía, McEnroe protestaba. Protestaba mucho, hasta en los anuncios.
Y en alguna película también.

Otrora

Otrora

Otro día hablaré de la mejor serie de los 80. La mejor serie de los primeros años 90 fue Aquellos maravillosos años. La voz en off era de matrícula y casi no se había hecho antes en televisión. La voz en off era la del actor Daniel Stern. El protagonista creo que ha sido uno de los personajes en los que se han identificado el mayor número de gente que se recuerde. En la serie se llamaba Kevin. La novia de Kevin, además de muy guapa, se llamaba Winnie. El amigo primero, Paul Pfeiffer, con gafas y bastante feo. Y no, el actor que hacía de Paul Pfeiffer NO es Marilyn Manson.

El hermano de Kevin era un cabrito, los padres de Kevin, la familia media americana, y la hermana casi sobraba, pero daba igual. De las cosas con que más se identificaban con la serie era la canción de Joe Cocker, que no era de Joe Cocker, era de los Beatles. Y también estaba la banda sonora. Aquellos maravillosos años fueron los de la guerra del Vietnam, la llegada a la Luna, de los últimos Beatles. Y todo eso lo cuentan y se ve de maravilla.

Oro y olvido

Oro y olvido

Richard Brooks escribía las películas que dirigía porque era un estupendo escritor y guionista y periodista. En dos western crepusculares de la última etapa de su carrera hay frases memorables.

Para Los profesionales escribió esto:
- ¿Piensas en algo que no sea en mujeres, whisky y oro?
- Amigo, acabas de escribir mi epitafio.

Para Muerde la bala, esto otro:

Dios, ¿qué no he hecho? Fui jinete del correo, conductor de diligencias, agente del orden, jugador, lanchero, granjero, trabajé en un rodeo, fui cantinero, limpiador de escupideras, viejo. Y no hice nada memorable. Y tampoco hay mucho que olvidar.

Caerás

Caerás

De Billie Holiday hicieron una película en los 70 que protagonizó Diana Ross. Billie Holiday era una adicta al sexo duro y las palizas que le propinaban sus varios maridos. También era adicta a las drogas y al alcohol. Billie Holiday fue la mejor. De largo. Y no sabía leer ni una nota de música, pero sonaba como un instrumento. Eso es el lugar común más común que siempre se ha dicho de ella, por lo que lo mejor es escucharla, que también es otro lugar común en su caso.

O sea, que hay que escuchar obligatoriamente de ella Strange fruit, God bless the child, My man, Autumn in New York, Solitude, I cover the waterfront, los acompañamientos de cuerda tan lamentables que le ponían, y luego todo lo demás. Y cuando digo todo, digo todo. Porque si no, es un pecado no escucharlo todo de Billie. Incluso hasta cuando se subía en condiciones tan precarias al escenario que daba pena oírla. Y ay de aquél que después de oírla no se enamore de ella porque lo pasará mal. Pero ya caerá, tarde o temprano ya caerá.

Con lupa

Con lupa

El mejor Sherlock Holmes, Basil Rathbone en la serie de películas de los años 40. Su compañero Watson, también de los mejores, el actor (sale también en Rebecca, de Hitchcock) Nigel Bruce. En esta serie de películas le hacen luchar hasta contra los nazis. La vida privada de Sherlock Holmes, una obra maestra de Billy Wilder. Casi no se ha visto uno de los casos que Holmes resuelve en esa película pero que al final cortaron del montaje definitivo. Era el caso de la habitación al revés, o algo así. En la película se presenta a un Holmes adicto a la cocaína. Buster Keaton parodió en el título al personaje de Conan Doyle en una de sus cintas, El moderno Sherlock Holmes, que es precisamente la película en la que Buster Keaton entra en la pantalla en una sesión de cine, antes de que lo hiciera Mia Farrow en La Rosa púrpura de El Cairo, de Woody Allen. Pero la película de Keaton no es sobre Sherlock Holmes.

Ahora es cuando digo que nunca he leído a Conan Doyle (salvo un libro que se llama Cuentos de terror)

La importancia de elegir un sastre

La importancia de elegir un sastre

Hay un par de frases o tres en Lady Eve, de Preston Sturges. Preston Sturges también tiene una obra maestra, Los viajes de Sullivan. En Lady Eve, Eve es Barbara Stanwyck a partir de un momento de la película, porque antes de eso es una jugadora profesional de cartas que intenta engañar al personaje de Henry Fonda, un desocupado y rico aventurero atrapa-serpientes, durante la travesía en barco rumbo a Norteamérica.

La primera de las dos frases o tres:

- Dicen que una cubierta a la luz de la luna es como el despacho de una mujer.

La segunda y tercera de las dos frases o tres:

- Los hombres... muchos hombres, eligen mejor a un sastre que a una mujer.
- Quizás por eso se visten tan mal.

Ficciones (VI)

Ficciones (VI)

Los vaciles made in De Niro. El Nueva York de Manhattan, el Nueva York de Scorsese. El japonés Mikio Naruse. El poético Kitano. Claudia Cardinale, una chica y su maleta. Los niños del comienzo de Grupo salvaje. Las guerras de tartas. Las uvas de la ira. Los duelos del OK Corral. Henry Fonda. John Wayne izando al aire a Natalie Wood. Roberto Rosellini. La trilogía de Apu, Satyajit Ray. Cómo murieron con las botas puestas. La tentación vive arriba. El musical americano de los 30. Busby Berkeley. El silencio de Harpo. El grito de Tarzan. Las canciones de West Side Story. West Side Story. Natalie Wood con un velo de novia. La ideología de Vive como quieras. El falso mago de Oz. Siete hermanos con novia. Las músicas de Bernard Hermann. La madre muerta en El doctor Zhivago.

La voz de sus palabras

La voz de sus palabras

Escuchar la voz de un genio, el caso de Cortázar, relatando uno cualquiera de los pasajes de su obra adquiere una dimensión de marcada individualidad que hace que, si luego lees otro cualquiera de los pasajes de su obra, no puedas sino leer sus frases como sólo el lo hace. Imaginas cómo lo leería él. Pero es que la voz de Cortázar, Julio, no es una voz neutra o convencional o arreglada, sino que es un timbre como delator de su nacimiento y estadía en Europa, de argentino exiliado, con la añadidura de ser una voz con dificultad de pronunciar ciertas fonemas, una voz que te dice que está jugando contigo, ya sea desde el escrito o desde la misma forma que tiene de dirigirse al potencial oyente.

Hay grabaciones oficiales de su voz, que lee ante un auditorio o no. Flemático más que los ingleses, si bien unique chanteur de la vie parisienne, et boheme, et amoureuse, es una voz, mais oui, afrancesada, cómplice, y que además multiplica el efecto de texto investido por debajo de la realidad y las palabras. Es una voz con tamaño y fondo y volumen. Una voz que incrementa sus famas.

Después de Truffaut y de Godard

Después de Truffaut y de Godard

Eric Rohmer y Louis Malle son dos de los directores de la nouvelle vague que siempre se nombran después de Truffaut y de Godard. Louis Malle es de los pocos directores de los que pasaron el charco a los norteamericanos que no perdieron su identidad, un mal del que se aquejan muchos directores extra-unidenses que van a Hollywood a hacer una película. Se puede ver eso en Atlantic City o en Vania en la calle 42. Rohmer, en cambio, hizo todas sus películas en suelo galo, siendo el más francés posiblemente de todos los directores de la ola francesa.

Rohmer puede quedarse como veinte minutos delante de dos personas hablando y uno se queda como fascinado por la naturalidad y desparpajo con la que está montada la escena, tanto que llega un momento en que te olvidas por completo de que ahí hay una cámara y de que estás viendo una película que es mentira. Rohmer es un director muy dialogante (¿Aristarain, otro estilo, otra época?), sus actores son casi desconocidos si no eres francés y los conoces, salvo Jean Louis Trintignant, casi. De Malle, pues que tiene una de las pocas obras maestras en 25 años, una película con nombre de tango que se llama Au revoir, les enfants.

Familia y tradición

Familia y tradición

De los directores japoneses de los 40, 50, 60, Yasuhiro Ozu era el de las películas de temática familiar. Por sus títulos (No debe dejar de amarse a una madre, El sabor del sake, Buenos días) se desprende la línea maestra de su filmografía: la cotidianeidad, las relaciones inter-parentales, la convivencia entre modernidad (hijos) y tradición (padres) Es el director de ambientación contemporánea (Cuentos de Tokio, paradigma de), ya desde sus películas mudas. Luego hizo remakes de éstas en el sonoro.

Hay actores de los que salen en sus películas a los que te habitúas al verlos una y otra vez. Todo muy familiar. El guionista, además, era casi siempre el mismo, Kogo Noda. Y de actores, casi siempre estaba Chisu Rhiu de protagonista. Y había una actriz que también la utilizaba mucho, Setsuko Hara, que además era bastante guapa, y que según mi amigo Enrique es “mi amiga”, por lo de que era una japonesa que llamaba la atención porque era bastante guapa. Se salía del canon en estas películas porque parecía tener el glamour de una estrella de Hollywood. Ozu era un admirador de Lubitsch y se nota sobre todo en sus películas mudas.

Doinel et Victor

Doinel et Victor

François Truffaut dedicó L’enfant sauvage a Jean Pierre Leaud, el actor que hizo de Antoine Doinel en cuatro de sus películas y un corto. François Truffaut modeló a Antoine Doinel como modela al pequeño salvaje en esta otra película. Por eso François Truffaut protagoniza en primera persona L’enfant sauvage. El pequeño salvaje es un niño abandonado en plenos bosques en la Francia del siglo XVIII. El personaje de Truffaut entonces lo que hace es como adoptarlo para enseñarle a vivir, a ser persona, porque el pequeño salvaje ni habla ni sabe escuchar. Vive al margen de la vida.

L’enfant sauvage (me gusta más el título en francés) contiene unas escenas ciertamente de las más conmovedoras del cine en general. Lo del niño protagonista es de nota, porque no sabes si realmente es un niño inadaptado, con problemas y sacado de la nada (en varios momentos mira a la cámara como si ésta fuera una extraña, una invasión a su intimidad), o es un actor infantil entrenado para la película. Le ponen de nombre Victor, por una razón. Es bueno que el espectador se sienta incómodo ante algunas escenas. Al final de la película hay una escena en la que lloro, pero no es cuestión de destriparla. Pequeña obra maestra.

Capítulo 129 (ó 55)

Capítulo 129 (ó 55)

Pero Traveler no dormía, después de una o dos tentativas la pesadilla lo
seguía rondando y al final se sentó en la cama y encendió la luz. Talita no estaba,
esa sonámbula, esa falena de insomnios, y Traveler se bebió un vaso de caña y se
puso el saco del piyama. El sillón de mimbre parecía más fresco que la cama, y
era una buena noche para seguir estudiando a Ceferino Piriz.

Pero Traveler no dormía, después de una o dos tentativas la pesadilla lo
seguía rondando y al final se sentó en la cama y encendió la luz. Talita no estaba,
esa sonámbula, esa falena de insomnios, y Traveler se bebió un vaso de caña y se
puso el saco del piyama. El sillón de mimbre parecía más fresco que la cama, y
era una buena noche para quedarse leyendo.

Gore en el alma

Gore en el alma

Ingmar Bergman termina sus películas con un fundido a negro y gracias, porque después de ese fundido a negro no hay más película en movimiento ni más créditos. Te pilla por sorpresa en ese sentido. Los títulos de crédito de Woody Allen de blanco sobre fondo negro son en homenaje a los de Bergman. La cooperativa de Bergman de actores: Erland Josephson, Max Von Sydow, Liv Ullmann, Ingrid Thulin, Bibi Andersson. Sven Nykvist es el director de fotografía; y el de Another woman, Edipo reprimido de Historias de Nueva York y Celebrity, de Woody Allen, también. En September lo parece, pero ahí es Carlo di Palma.

En Vargtimmen, el título en si sale como título de crédito a mitad de la película. En Persona los créditos salen a los cinco minutos de imágenes oníricas y fantasmagóricas, obsesivas, obsesionantes. Bergman, gore del espíritu. Lars Johan Werle, es el músico acorde. En medio viene luego la película, o sueños, o pesadillas, o desasosiegos, o turbulencia interior, de Ingmar Bergman.

Entre copas

Entre copas

El nombre de guardameta (inglés) más grato. Las lágrimas de un uruguayo (Gustavo). El abrazo (aparcando rencillas) de Víctor y de Pardeza. El zurdazo(su mejor tanto) de Esnáider. La lengua afuera cuando la celebración de Esnáider. El partidazo de Aragón. Y de Cáceres. El día después. Y la noche de antes. El enfado de Sanjuán cuando su cambio. Cafú en la grada. Belsué, el único maño, con Sanjuán (en el campo) El guardameta de nombre grato en el suelo, incrédulo, sentado. Uno detrás de la portería llevándose las manos a la cabeza. El día que eligió Nayim para levantar la cabeza, y el lugar, y el momento. El rechace, centro del campo, el control, con el pecho, la mirada al guardameta adelantado, los dos botes, el chutazo, tres segundos la espera. Cincuenta metros. La suerte del afortunado. Veinte mil goles unísonos. 120 minutos de un 10 de mayo, hace 10 años.

Ojos que actúan

Ojos que actúan

Isabelle Huppert hizo de la Premio Nobel de Literatura, Elfriede Jelinek, en La pianista si son verdad las cosas que dicen de que tanto el libro como la película tienen tintes autobiográficos. En la película pasan cosas muy duras de ver y más de contar. La protagonista es una profesora de música que tiene en la intimidad aficiones sadomasoquistas. A Isabelle Huppert los papeles de mujer atormentada, o con secretos (ver Un asunto de mujeres, de Claude Chabrol, anterior y muy próxima a lo que este año ha sido la historia de Vera Drake), o con personalidades complejas, le van como anillo al dedo.

Puede que sea de las pocas actuales francesas cercanas a las grandes: las Signoret, Moreau, Mercier. Boutade: lo haría bien con Woody Allen. Las pecas siempre le quedaron bien a Isabelle. Actúan. Su mirada habla.