Técnica para insomnes
Después de A sangre fría, Truman Capote escribió Ataúdes de artesanía, otra crónica de una serie de asesinatos reales de la América profunda de los años 70. En Ataúdes de artesanía Juanita Quinn, un breve pero fantástico personaje, ve la televisión con el volumen a cero para imaginar lo que dicen, porque “si escucho, me quedo dormida en seguida. Pero imaginar lo que hablan me mantiene despierta. Y tengo que mantenerme despierta…, al menos hasta medianoche. De otro modo luego no hay forma de dormirme”.
Los relatos de Evan Hunter se parecen a los que después escribió Paul Auster a partir de los 80. Es el guionista de Los pájaros de Hitchcock, antes indudablemente de que el maestro retocara lo que le diera la gana de lo que al final sale en la pantalla. Hunter dominaba el relato corto, y leyéndolo a la vez que Auster, uno piensa que si tenían relación de parentesco o era que sólo Auster había leído bastante a Hunter. El caso es que Hunter se ha muerto este 2005 cuando ya no le dejaron vivir más el maldito cáncer y su corazón.
Al azar, solamente con escoger dos autores como Alejandro Casona y Carlos Arniches, y leyendo sus obras, es como uno se da cuenta de que hay gente por ahí olvidada. Demasiado olvidada. De que uno lee La señorita de Trevélez o La sirena varada o Las tres perfectas casadas y resulta que no te aburres, sino todo lo contrario. De que Casona no es sólo un escritor “interesante” (como reza la tapa del libro de la época), sino un autor como la copa de un pino.
La novela de James Hilton, Horizontes perdidos, la llevó al cine Frank Capra. Hace tiempo que vi la película, pero hace poco que terminé el libro. El recuerdo de la película es bueno, pero no tengo imágenes fijas, salvo algunas, como la del avión aterrizado forzoso. Del libro te queda la impresión de haber leído algo entre o elegante o exquisito. En el cine el protagonista era una estrellona de la época, Ronald Colman. En el libro, este Conway es llevado en avión a la fuerza y misteriosamente, junto a tres personajes más, a un paraje inhóspito del Nepal. El conocimiento de otras costumbres, de otras maneras de vivir y tomarse la vida cambiará la vida de estos huéspedes involuntarios.
Escuchar la voz de un genio, el caso de Cortázar, relatando uno cualquiera de los pasajes de su obra adquiere una dimensión de marcada individualidad que hace que, si luego lees otro cualquiera de los pasajes de su obra, no puedas sino leer sus frases como sólo el lo hace. Imaginas cómo lo leería él. Pero es que la voz de Cortázar, Julio, no es una voz neutra o convencional o arreglada, sino que es un timbre como delator de su nacimiento y estadía en Europa, de argentino exiliado, con la añadidura de ser una voz con dificultad de pronunciar ciertas fonemas, una voz que te dice que está jugando contigo, ya sea desde el escrito o desde la misma forma que tiene de dirigirse al potencial oyente.
Pero Traveler no dormía, después de una o dos tentativas la pesadilla lo
Hitchcock dice que no le gustaba la novela de Daphne du Maurier, que, a pesar de ese nombre, era inglesa. Contemporánea de Hitch, decía de ella que el estilo de Rebecca en libro era decimonónico y desfasado. Que se había olvidado del libro una vez leído y que montó su propia historia cuando la llevó al cine, Pero luego cuando lees el libro, no hay tanta diferencia aparente, o por lo menos hay muchas cosas del libro en la película. Ya en el libro no se le llama con ningún nombre a la Joan Fontaine del celuloide. Hasta parece que ya estaba inventada la cara de la Srta. Danvers antes de verla en el cine. En el cine la hizo Judith Anderson.
Me gusta que Kafka escribiera América sin haber salido en su vida de su ciudad, Praga, más que para olvidarse de sus fantasmas.