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jácaras reales

El coche de los recuerdos

El coche de los recuerdos

Hablo de cuando el objeto oficial y oscuro de nuestros deseos todavía se llamaba Norma Jean. El cine balbuceaba nada más, si acaso abría la boca para cantar o para que el galán de moda de turno le dijese lo que le despertaba alguna rubia platino. A la que veis ahí arriba le dio poco tiempo a prodigarse, pero cada vez que se prodigaba era para no olvidarse. A Fellini sus recuerdos de infancia le obligaron en Amarcord a mentarla encerrados en un coche un par de adolescentes o tres, en una secuencia tan inolvidable cuando menos como la famosa ensoñación de la estanquera y su jersey de lana.

Suerte tuvo Clark Gable, suerte tuvo que se la llevó entre forillos de noche y tormenta, por aquellos mares del sur. Aquellos tiempos en que los guionistas ponían en boca de las rubias platinos las frases de doble sentido que la dictadura de Hays apenas podía evitar. Me jode un poco que esté demasiado olvidada. Pero hoy, porque me da la gana, estoy hablando de ella. Porque me gustan muchísimo todas las fotos que le hicieron en su día. Porque no hay derecho que alguien se muera con los 26 años apenas cumplidos. Porque me estoy imaginando la escena del director del estudio intrigando sobre el nombre artístico de alguien que nació Harlean Carpentier. Porque guardo la esperanza de que Jean Harlow fuera otra maravillosa morena que sucumbió un día a los encantos del fabuloso rubio platino.

Me jode un montón no acertar en qué foto ponerla.

En la cima del mundo

En la cima del mundo

Tengo que volverme a ver Ragtime. Primero, porque así voy y la comentaba después en mi otro blog. Y luego porque así veo la que fue última película de uno de los tipos que mejor me ha caído en gracia de aquel glorioso blanco y negro. Del cine. Un tío que siempre se llamaba o Jimmy, o Danny o Johnny. Pero que después empuñaba y disparaba un revolver como pocos han empuñado y disparado ninguno. Aunque, para ello, James Cagney tuviera que ser siempre el chico que empezaba de la calle (Edward G. Robinson nació ya capo; Bogart, siendo el hombre con pasado) El chico que surgía de la nada.

En un especial de televisión, de ésos que saben hacer tan bien los americanos, Clint Eastwood dijo que para inventarse sus Harrys le sirvieron de inspiración los papeles que hacía James Cagney en las viejas películas de la Warner. Años 30 y 40. Como decía uno de los títulos de la colección Cine y música (Ed. Salvat, 1987-88) que tengo por casa, los años de la música de la época Kane.

Quiero verle por fin lo bien que bailaba entre filme y filme detrás de cada una de esas balas descargadas a sangre fría. Sin resentimientos. Quiero verle en Yankee Doodle Dandy. Ya lo he visto bailar en Uno, dos, tres, al otro lado del telón de acero. Aunque Uno, dos, tres no sea un musical.

Aquella quinta del año 1899. El año en que a la cinefilia le tocó el gordo de la lotería: Bogart, Astaire, Hitchcock, Nabokov, Hoagy Carmichael, Hemingway, Ellington, Cukor. Y James Cagney. Siempre on the top of the world.

Garllington Bar

Garllington Bar

Es un disco de los que ya no se ven. Y si mañana viniera un coleccionista cualquiera y me ofreciera el oro y el moro, le diría a todos que no, que ese disco de 78 revoluciones no se lo vendo ni al mejor postor. Quizá tenga algo que ver que ese disco está cantado por Carlos Gardel.

En una de las cuatro películas que llevo vistas hoy, en las paredes del café donde se reúnen un grupo de porteños cuarentones hay fotografías de Gardel, de jazz, de Ben Webster y de Duke Ellington. Igual que a mí, al dueño del café le gusta el tango y le gusta Duke Ellington y Carlos Gardel.

En ese disco de otras revoluciones que nunca venderé suenan a su manera dos canciones de Gardel. La cara A es Tomo y obligo. ¿Alguien tiene gramófono?


Time after time

Time after time

Me acuerdo (todavía; las cosas que ilusionan lo tienen difícil para olvidarse) de un proyecto en común que inició su camino para abrirse hueco en la tierra del blog. El tiempo es un jodido compañero de viaje, pero a veces hay cosas que ni con el intento logra arrinconar.

El tiempo es un jodido pero necesario compañero de viaje que a veces obra milagros: que a minutos del final una película te parezca un coñazo, recibas una llamada en el teléfono móvil y tras la llamada veas con otros ojos ese final. Quizá es que esa canción suene diferente la última vez que se escucha en esa película.

El tiempo a veces es una canción.


Mes Reeves

Mes Reeves

Va a venir Harry Connick Jr, viene el acordeón de Richard Galiano, hay una noche cubana, viene Michel Camilo y viene Ron Carter. Y Eliane Elias. Entre otros. Pero es que el último día viene Dianne Reeves, se hace un aparte y nos hace el hueco de la foto. Y como que no es para negarse. Para darle rienda suelta a la cosa.

Es en Zaragoza, a partir del día 7 del mes 11. Siempre digo lo mismo, pero es la única vez que hay jazz en todo el año en Zaragoza.

Pongo jazz y Zaragoza en Google y me sale ya mi página en primera. Por lo cual no sé si alegrarme o qué. No soy el único que habla de la cosa en la blogosfera, pero casi.

Me voy con Dianne.

Visto y no (III)

Visto y no (III)

Hace justamente un año que pasaba esto.

Me pregunto a quién esperaba hoy esta misma persona en el mismo sitio a la misma hora.

Fin del Pilar año 2007. Yo seguía esperando el 22.

Alter ego

Alter ego

Ya no recuerdo en qué película una mujer le decía a James Stewart:

-          Me enamoré de tu nuca.

-          ¿Y qué pensaste cuando me di la vuelta?

-          Pues que me tendría que acostumbrar a tu cara.

Creo, más o menos, que le decían algo así. No me gustó el día que se murió James Stewart. Por tener, Historias de Filadelfia tiene a mis tres actores: a James Stewart, a Cary Grant y a Katharine Hepburn. Y la condenada hija de su madre de la niña. En Vértigo no se ve, pero tiene que desnudar a Kim Novak para meterla en la cama cuando la rescata del agua. Menuda. En La ventana indiscreta es un mirón. Sólo le faltó bailar como Fred Astaire.

Baila, mal, en Qué bello es vivir. En Qué bello es vivir es sordo del oído ¿izquierdo o derecho? Y entonces la niña que hace de Donna Reed de pequeña le dice que te quiero en esa oreja. En El invisible Harvey cuando está borracho habla con un conejo gigante. En Anatomía de un asesinato le gusta tocar el piano sentado enfrente del mismo piano que Duke Ellington. Y no mató a Liberty Valance.

Alguien, un día, me llamó Jimmy.

El año que murió Louis Armstrong

El año que murió Louis Armstrong

Este regalo me lo hago yo. Por si nadie se acuerda de mí.




La noche más hermosa

La noche más hermosa

Éste es el rostro que esta noche han premiado con honores en el Festival de San Sebastián.

Hace siete meses hablé de cómo enamorarse de un rostro como él. Aunque no me importaría repetirlo.

La madre del invento

La madre del invento

Hace diez años tenía que hacerme con el paradero de algunos músicos que se atrevían a hacer jazz en esta bendita ciudad. Mi recorrido acabó en una tienda escondida en un pasaje de una céntrica calle de la misma bendita ciudad. No podía estar de otra manera, así de oculta y de recóndita, esta tienda que todavía espero que se dedique a esas nuevas músicas. La cuestión es que a la espera de que me atendieran (el dueño de la tienda hablando con un cliente delante de mí), esto vino a ser con lo que me quedé:

“Una vez que lo escuchas, ya casi no quieres escuchar ni te quedan ganas para escuchar ninguna otra cosa más”.

El dueño, que tenía claras muestras pegadas en la pared de que era íntimo de Trecet, se refería a Zappa. Frank Zappa. Han pasado diez años y he de confesar que en estos diez años he podido pero no he querido o no he sabido ponerme con Zappa. Ni siquiera he vuelto a ir a la tienda escondida, mejor recogida, en un pasaje de una céntrica calle de mi ciudad. Pero lo que sí estoy haciendo, o mejor he comenzado a hacer, es ponerme al día con esas injustificables asignaturas pendientes de las que uno siempre tiene vergüenza de confesar.


God bless the child

God bless the child

Tengo como un buen montón de libros apilados todavía sin leer. Alguno lleva ahí hará este octubre sus buenos tres años. El año pasado en agosto me compré dos. El que me he acabado este viernes pasado y el que llevo leído hasta la página 200 de 400 más. Los dos me los empecé a leer, casi por cargo de conciencia, el mismo día, un año más tarde, del día que me los compré. El año pasado en la FNAC.

Del primer libro, el que por fin  me acabé 365 días después, saqué aquello de por qué Billie le empezó a llamar Prezz a Lester Young. Casi al final de Lady sings the blues, Billie ha sabido llegarme a las entrañas (una vez más) al confesar que al tiempo de escribir el libro (Billie no lo descartaba) todavía no había tenido ningún hijo. Es algo que me hubiera gustado cambiar del rumbo de la historia. Eso lo digo yo. Aunque casi suena a que lo hubiera dicho ella. Perfectamente podría haberlo cantado ella.

Cuando se murió Billie tenía 44 años. Y en esta foto no me parece sólo una mujer bastante guapa.

Delicatessen

Delicatessen

Pues la primera vez que la vi me enamoré de Paprika Steen. Viendo Festen o Los idiotas. Mejor dicho, la primera vez en que caí que había visto a Paprika en alguna otra de sus películas. El amor, ya se sabe, tiene estas cosas cuando estás viendo una película. Me recuerda en algo a Ricardo Darín, pero no me hagáis mucho caso porque no hago más que pensar en alto. Algo huele a hechizo en Dinamarca.

Paprika me gusta porque siempre va a tener la edad indefinida. Pero lo mejor de todo es que Paprika, amén de que está muy rica,  es una extraordinaria actriz.

Anjelica con k

Anjelica con k

No sé si a Anjelica Huston le ha pesado alguna vez el apellido. Para bien o para mal, Anjelica siempre será la hija de su padre. Porque la ves fugazmente en El cartero siempre llama dos veces y caes fulminado, donde se supone que la que resulta (más) turbadora en El cartero es Jessica Lange y la escena de la cocina. Y algo tiene que haber. Delitos y faltas tengo que verla otra vez, porque, aparte de alguno de los más grandes momentos de la filmografía Allen, también tiene por fortuna a Anjelica Huston. La hija de perra de Anjelica Huston.

Viene a cuento todo esto porque ayer me vi la última película que me he visto. En ella rompen y rasgan desde el principio, o rivalizan las dos en hacerlo, Annete Bening y Anjelica Huston. Ambas, novia y madre respectivamente de John Cusack, se disputan en cuerpo y alma en un hermoso y despiadado combate de ajedrez  a novio e hijo. Rompe y rasga Anette Bening porque entre otras cosas, enseña y vuelve a enseñar. Admito que en esa película la esposa de Warren Beatty está de chupa pan y moja. Pero. Sin desvelar excesivos detalles de la película ni del final que viene después, diré que mi vencedora moral aunque trágica acaba siendo Anjelica Huston. Anjelica Huston, que no enseña carne tan a la ligera como hace su adversaria, demuestra saber cómo despertarle hasta a su mismísimo vástago las armas de mujer que toda mujer rubia (teñida) platino tiene a su alcance para conseguir lo que ellas se proponen.

Anjelica Huston, a la que le leí en un Fotogramas que de joven se veía horrible y que ni se atrevía por un instante a mirarse en el espejo, triunfa y pierde al mismo tiempo en ese fantástico final. Ese final de sangre, de amor y de lágrimas.

Para mí Anjelica se escribe con k.

Padres e hijos

Padres e hijos

Esto lo contaba yo en la página ésa que digo que nunca vio la luz. 

La historia empieza en 1935 y termina en 1977. En 1935 se produce el mayor de los éxitos cinematográficos de los tres hermanos Marx. En 1935 nace Woody Allen. 

En 1977 se produce el mayor éxito cinematográfico que vivió Woody Allen. En 1977 muere Groucho. 

El círculo se cerró la semana pasada de hace justo 30 años.

Every time we say goodbye

Every time we say goodbye

Iba a escribir, tenía pensado aprovechando el 25 aniversario de algo, sobre algo que iba a enganchar con Keith Jarrett, los Beatles y los gemidos eróticos. Igual me sale otro día. Pero como me he puesto de muy mala leche al enterarme de la muerte de uno de los tres nombres de la batería en jazz tres días después de que ocurriera leyendo una vez más a mi fuente de Olvido, digo:

Que, como ya le dicho a Olvido, este país es una mierda.

Que se puede llorar escuchando un solo de batería de diez minutos.

Que hace unos días se murió el contrabajo de Art Davis y sí que lo publicaron. Se equivocaron.

Que me sienta como me sienta cuando hablan de algo de jazz en la prensa.

Que yo también me pregunto que adónde se van a parar esos instrumentos cuando se les muere el dueño (quiero creer que lo sé: quizá haya un paraíso también para ellos)

Que antes de morir quiero ir a Toronto a pisar el Massey Hall.

Que se ha muerto Max Roach.

Possible films

Possible films

En estos tiempos de Dios en los que cuesta Él y ayuda encontrar una película de ésas que te puedan decir algo, no viene mal intentarlo con alguien como Hal Hartley. Y quién coño es Hal Hartley, que sigue haciendo películas y siguen sin estrenarle nada al hombre: uno de esos héroes de la independencia americana que todavía creen que es posible hacer ese otro cine falto de palomitas y redundancias, de pompas y reiteraciones. Que bien, que al Hal Hartley será difícil pillarle el tranquillo, y que tampoco sus películas no serán (todavía) obras maestras, pero yo prefiero descolocarme con esta gente, sus historias, sus paranoias y sus películas.

Hal Hartley suele salpicar sus proyectos con este tipo de música. No sé si ésta en concreto suena en alguna de sus películas, pero este botón es para la muestra de cómo es la música y su forma de hacer. En estos tiempos de dios.


El hombre más importante del país

El hombre más importante del país

Fue Lady Day quien se lo inventó y quien empezó a llamar a Lester aquello de Presidente. Lo que yo no sabía era por qué le empezó a llamar a Lester el Presidente (tú y yo creíamos que era porque Lester era el mejor jazzman del planeta). Lady Day le llamó por primera vez Presidente porque consideraba a Lester el hombre más importante de los Estados Unidos.

Eso es decirle a alguien que te quiero.


What is this thing

What is this thing

Se lo acabo de decir a Olvido a raíz de un post repleto de jazz y sencillamente espectacular. Le he dicho que si había oído lo que era el amor en boca de uno de los nuestros. Como para algunas cosas no me gusta ser demasiado paciente, pongo aquí esa versión de una canción sencillamente maravillosa. Para que juzguéis de manera conveniente.

Y la repitáis tantas veces os dé la puta gana.


Lejos del mundanal ruido

Lejos del mundanal ruido

Sólo por que el belga éste lograba reunir en un teatro a la audiencia burguesa blanco de sus letras, o porque me temo que el chico anda bastante olvidado en los tiempos que corren, o porque escribiera que no le importaba ser “l’ombre de ton chien” tras rogarle a su chica de mil y un maneras que no le abandonara, o porque pasó de todo y se dejó la música cuando le dio la soberana gana, o porque me adelanto a que el año que viene todo Cristo dirá que el belga éste dejó de avivarnos las conciencias hace 30 años, o porque a mí me da la soberana y real gana de acordarme de él. Sin venir mucho a cuento.

O porque le enterraron al lado justo de la tumba de Paul Gauguin, allá por la Polinesia desde donde le dio por mandar a todos a tomar por el culo, allí lejos del mundanal ruido.


La regla del tiempo

La regla del tiempo

Ya sin Bergman ni Antonioni, y como quiera que quiero huir de los lugares comunes (ya confesé que Blow up me gusta, y que me gusta muchísimo El silencio, por ejemplo), para cuando el año que viene veáis lo que estos días está rodando Woody Allen en Asturias, Bergman y Antonioni llevaban solamente unas horas allende la vida.

Es una manía que yo tengo: cuando se estrena una película relaciono lo que estaba haciendo yo en el momento del rodaje de la misma. Supongo que no se trata sino de otra forma más de vivir la cinefilia. Y un buen ejercicio de nostalgias.

Y ya que me he visto What’s new Pussycat? del año 65 y que Woody Allen firmó el guión pero yo no había nacido, me quedo con otra frase de ésas para enmarcar:

-          Oh, Víctor. No puedo dejar que me hagas el amor con una persona en el armario.

     -         ¿Por qué, cuántas personas en el armario necesitas?