Uno y dos
¿Qué ocurrió entre tú y yo?
¿Qué ocurrió entre tú y yo?
A los Dallas Mavericks los han eliminado los Golden State Warriors en primera ronda de Playoffs. A los Dallas Mavericks, que jugaron el año pasado la final de la NBA, los manda un tío que tiene tanto dinero que ya no sabe lo que hacer con él. Comprarse un equipo de baloncesto, producir películas de cine. No sé si habréis caído pero su nombre sale en los créditos de Good night and good luck o Enron, los tipos que estafaron a América.
Mark Cuban se sienta a pie de pista en los partidos, anima como un poseso, se encara con los aficionados cuando Dallas juega fuera de casa y sabe insultar a los árbitros mejor que lo hace un hooligan. Bubble es de Steven Soderbergh, es la última película que me he visto y también la produce Mark Cuban. ¿Conexión Cuban-Soderbergh-Clooney? Bubble es una historia minimalista que me ha gustado de las que se puede permitir gente como Soderbergh. Un capricho más. Spike Lee hace algo parecido con los Knicks, berrear tanto como Cuban. Jack Nicholson en los partidos de los Lakers es más pacífico y sólo se pone como Mark Cuban cuando tiene a un fotógrafo encima. Fuera de la cancha.
El buen pastor no es ninguna obra maestra. Es un poco larga y le sobra media hora. Pero, si puede ser, le pediría al Altísimo que de Niro se pusiera otra vez pronto detrás de la cámara, porque durante esas casi dos horas primeras he disfrutado como sólo saben disfrutar los enanos, aunque nunca haya terminado de entender de dónde proviene semejante expresión. Igual son muchos 167 minutos. Pero bueno. De Niro me convence detrás de la cámara, casi tanto como me convenció en su momento cuando estrenaron con dos años de retraso su preciosa historia del Bronx. Es que no parece que haya director en este buen pastor. No sé si me explico, pero creo que eso debería ser un halago en un director. Porque Robert de Niro ya es director. Ya no podemos decir eso de que es su única película, como hizo Charles Laughton.
Es que el argumento se podría prestar a cierto barroquismo, lo que pasa es que a de Niro no le gusta el barroco. Por eso digo. En la película hace frío por culpa de los azules y de los grises. Y puede que sea lenta, pero es que lo hace adrede. No me gusta saber mucho de una película antes de verla, por eso sólo hablo así, no quiero decir nada de la historia. Hay veces en que no sé absolutamente nada cuando voy a ver una película y es como lanzarse al vacío. A veces aciertas y otras no. Últimamente lo he hecho con Borat, película sobre la que tenía tal prejuicio antes de verla, que el entusiasmo que me invadió riéndome como no lo había hecho en años viendo una película puso en evidencia que mi instinto me había fallado con ella. Me encantó lanzarme al vacío con Borat. Aunque Borat tampoco sea ninguna obra maestra.
Si metes a dos personas dentro de una habitación solos para que vean juntos cualquier película de David Lynch, seguro que a uno le parecerá la cosa de una belleza inusitada y al otro, en cambio, dirá que David Lynch no es precisamente santo de mucha devoción. Me parece que tampoco David Lynch sea de la gente que aparece mucho en las listas de mejores directores, en los primeros puestos, al menos. Lo malo es que a mí a lo mejor tampoco se me ocurriría ponerlo en mi lista. O igual sí, pero tengo que decir que no para montar todo este tinglado.
El dueño de este ascensor se pregunta si Woody Allen, si Clint Eastwood, si Scorsese, es el mejor de los treinta últimos años. Y yo, pensando, me digo, que si yo estuviera en la habitación trataría de convencer al otro de hacerse devoto de David. Carretera perdida me la he visto porque Olvido dice en un documento secreto que Carretera perdida tenía algo que ver con el jazz. Y es verdad, en cierta forma. Pero claro, echas la vista hacia atrás y piensas que este tío tiene una obra maestra y una película de terciopelo. Y Carretera perdida no me la había visto todavía y doy gracias al cielo por haberlo hecho. No es por cargar más las tintas en la supremacía del protagonismo femenino que han adquirido últimamente los artículos de este blog. Pero si Carretera perdida es lo que me ha parecido ayer cuando la vi, la culpa la tiene esta buena señora que hoy por hoy se encuentra relegada haciendo de médium en televisión. Eso, el personaje de Robert Loggia, los cadillacs, la música de Badalamenti y la atmósfera cero creada por David Lynch.
Ingrid Thulin se murió en 2004. No lo sabía. A Ingrid Thulin la he visto esta semana. La he visto encima de un escenario lanzándose puyas con un ex amante director de teatro, que a su vez se motiva con la actriz joven que protagoniza su obra. Básicamente es el argumento de Tras el ensayo. Y digo que muchas veces se habla de las rubias de Hitchcock, y con razón. Hoy voy a hablar de las rubias de Bergman. Porque Ingrid Thulin sale ya en Fresas salvajes. Y lo que son las cosas, en Salon Kitty. Hay un actor rubio en el cine de Bergman que me recuerda de veras a Kevin Kline. La mejor definición del actor que me recuerda a Kevin Kline la he encontrado aquí.
Las dos rubias de Persona, por supuesto. Decía Buñuel que no le gustaba el erotismo o los desnudos en su cine. No sé qué decía Bergman pero en Persona le sale muy bien lo que enseña. Y la figura de un falo en los inquietantes títulos de inicio. Bibi Andersson, que si no fuera sueca la habría inventado Truffaut. Los ojos de Liv Ullmann, Senderos, la biografía en forma de diario donde se desnuda Liv Ulmann. O Liv Ullmann en cierto plano frontal de Saraband en plenos 65 años. Me gustaría ver las primeras películas que dirigió Liv Ullmann antes de Trolosa. Harriet Anderson era más morena y creo que la más guapa de todas.
Los ojos, la sonrisa, los labios de Liv Ullmann. La foto de los ojos y los labios de Liv Ullmann en la portada y contraportada del libro en que se desnuda. Liv Ullmann no es guapa. Igual estoy equivocado, pero Liv Ullmann es preciosa.
El primer post que escribí, ahora que hacen justo dos años, se lo dediqué a la memoria de un puñado de actrices de ésas que siempre me dicen algo desde la gran mentira del cine. Donna Reed, June Allyson, Margaret Sullavan. El otro día descubrí un blog en francés, más sencillo que él mismo, nacido para recordar en imágenes las viejas glorias del pasado. Buscaba fotos de Natalie Wood, Claudia Cardinale. Audrey Hepburn. For sentimental reasons. El último artículo que escribí se lo he dedicado a otra mujer, y el anterior, también. Y alguna que otra vez, se los he dedicado a otra. El caso es que necesito hablar de ellas, con ellas o para ellas, porque me lo pide el cuerpo, porque sí o por otras razones, puramente peregrinas. Igual la razón es la misma razón por la que siempre vuelves a refugiarte en las mismas canciones.
Hace dos años no sabía realmente lo que le iba a suceder a este blog, ni tampoco al otro. Sigo con mis dudas, igualico que el primer día, y espero seguir dudando y preguntándome cosas el año que viene por estas mismas fechas. Si tengo la suerte de seguir dudando y no se me ocurre nada mejor de lo que escribir, tened por seguro que acabaré acudiendo de nuevo a vosotras. Bueno, no lo garantizo, igual es a vosotras o igual es a cualquier película de Truffaut.
Es más que posible que Atom Egoyan todavía no tenga ninguna obra maestra. Puede que tampoco sea de esa gente que termine nunca haciendo aunque sólo sea una obra maestra. Este buen hombre es un armenio que hace buen cine en Canadá, ese cine del que no sabríamos nada si no nos llegaran películas de Denys Arcand o de Jean Marc Valleé. El otro día, viendo Calendar te daba tiempo a pensar en éstas y en otras cosas, porque Atom Egoyan tiene la habilidad de que estás viendo su cine contemplativo que te obliga y deja tiempo para darle vueltas al coco. Cosa que hacen él, Haneke y dos más. A Calendar le pillas el tono y la historia por tu cuenta, porque si no te curras la película, seguro que sales jurando en hebreo, judeo-cristiano o armenio. Calendar es una película de tapadillo, incluso en su filmografía.
El liquidador es otra magnífica película. Y Exótica. Pero ninguna es ninguna obra maestra y aún me quedan de ver suyas. Me gusta Egoyan porque es un creador de los que van a su bola, aquéllos que casi no les importa siquiera lo que diga la gente que va a ver sus películas. Las películas suyas en Zaragoza van todas de cabeza a los Renoir. Los cines Renoir son los cines de Zaragoza a los que van las películas que son como las que hace Atom Egoyan. No me he visto todas las películas de Atom Egoyan. Me he visto El liquidador, me he visto Exótica, me he visto El viaje de Felicia, Where the truth lies y me he visto Calendar.
Hay una actriz que sale en Calendar y en todas sus películas. En realidad todo esto viene a cuento de que me acabo de enamorar. Y encima la tía es buena actriz. Lo malo de todo es que está casada con el director.
Recibo un comentario inmerecido que me pone sobre la pista de la mujer que escribió Rebeldes y La ley de la calle. Me leo La ley de la calle y recuerdo la (a ratos) fotografía en blanco y negro de la película de Coppola. Rusty James es un adolescente problemático que idolatra a su hermano, el chico de la moto. En la película de Coppola, Rusty James es Matt Dillon y el chico de la moto, Mickey Rourke. Barbaridad: Mickey Rourke hace El papel de los 80. Mickey Rourke en el libro y en la película de Coppola es daltónico, dato con el que juega Coppola en una escalofriante escena de muchos grises y muy pocos colores. La ley de la calle de Coppola me gusta un poco más que Rebeldes de Coppola.
La ley de la calle se lee en muy poco tiempo y me recuerda en algo al Guardián de Salinger. Coppola hizo Rebeldes y La ley de la calle después del fracaso de Corazonada. Barbaridad: si me olvido de El padrino II, casi que La ley de la calle es la película que mejor hizo Francis Ford Coppola.
Me queda por leer Rebeldes. La mujer que escribió Rebeldes y La ley de la calle se llama Susan Hinton. Lo que pasa con los títulos es que son mejores los ingleses. Con esto saldo un par de deudas.
Tengo la buena costumbre de verme todas las películas hasta el final, incluidas las que son muy malas. Esto es algo que decía Alfonso Sánchez que había que hacer. Alfonso Sánchez era un crítico de cine que salía por televisión y al que yo veía como si delante de mí tuviera un reclinatorio. No tanto por lo que me enteraba sino por cómo lo contaba. Alfonso Sánchez estaba perdidamente enamorado de Anouk Aimée. Anouk Aimée hizo con Trintignant Un hombre y una mujer. Un hombre y una mujer es una película que, confieso, me gustó sobremanera. Me acuerdo que de pequeño me solía enamorar de la protagonista de las películas, no tanto porque entendiera de amores sino por lo que esas mujeres me transmitían a través de la pantalla. Recuerdo, y no sé muy bien por qué, que algo me transmitió en ese sentido la película de Pinocho. Últimamente me he visto varias películas de animación actuales. El truco no se lo pillo yo a muchas, pero las veo, y hasta el final. El final de la segunda parte de Toy Story es casi lo mejor de la película. Tampoco les veo el truco a la mayoría de las películas animadas japonesas, y a veces me pregunto, por lo que oigo de lo que dice la gente del anime, si no soy yo la excepción. Pero al menos no me rindo y también cumplo con la prerrogativa.
Hasta me gusta tararear como un descosido la canción de la película de Anouk Aimée.
Los 13 años de Natalie Portman en Beautiful girls. Timothy Hutton enamorado de Natalie Portman en Beautiful girls. El reparto de Beautiful girls. Qué fue de Richard Lester. Qué noche la de aquel día. Forrest Whitaker, Bird lives. William Wyler en Inglaterra. Michael Powell y Emeric Pressburger. El fantasma y la señora Muir. El padre de Audrey Hepburn en My Fair Lady. Alec Guinness antes de Star Wars. Los ojos de Peter Sellers. Los ojos de Henry Fonda. Los labios del cine mudo. Los tacos de Carole Lombard. James Dean y su Little Bastard. Las barbas de las películas de Charlot. Gene Tierney, aka Laura. Aka La señora Muir.
Llevo más de medio día, desde que anoche me vi otra vez Los cuatrocientos golpes, con la música en la cabeza de Jean Constantine. Música que es gratamente difícil de quitar de la cabeza. Por lo menos te prolonga el travelling de Doinel, escalofrío la mirada fija a la cámara. Puñetero Truffaut. Una obra maestra es aquella película que te permite descubrir nuevos detalles en cada visionado. Truffaut está dentro de la ruleta giratoria en la que se mete Antoine Doinel. Hay cinco películas con Antoine Doinel. Jean Pierre Leaud se inventó un personaje de por vida sin saberlo, o se lo inventó Truffaut. En La maman et la putain también “es” Antoine Doinel. Es otro de esos personajes atrapados para siempre por su pasado. Al principio de El pequeño salvaje, y esto ya lo dije un día hablando de la que para mí es la mejor película de François Truffaut, François Truffaut le dedica ex profeso la película a Jean Pierre Leaud. Con conocimiento de causa, otro guiño entre bastidores. Incluso lo "es" en El último tango en París. El salvavidas L’Atalante.
El adjetivo de maestra se le añade fácil y pronto a muchas películas. Ayer por la noche volví a verme una.
La última película que me he visto acaba con un guiño interno entre Tod Browning y su fetiche Lugosi que no voy a desvelar, evidentemente. Bela Lugosi no es el protagonista de La marca del vampiro, casi no lo es ni de Drácula. Bela Lugosi puede que sea el icono de cine menos valorado de la pantalla. Lo digo porque Lugosi me ha encogido el corazón cuando lo he visto en La marca del vampiro haciendo de Bela Lugosi, la misma sensación que tuve al ver a Martin Landau dentro del ataúd cuando Johnny Depp lo ve de casualidad en Ed Wood a través del escaparate. Me dijeron un día que Bela Lugosi tenía un contrato por el cual tenía qu presentarse vestido de Bela Lugosi cuando tenía que hacer una entrevista. De ahí igual la idea de Tim Burton. Los vampiros del día que se muere. El artista consumido en vida por su propia leyenda.
En la mesa apócrifa de la Última cena famosa que presiden las dos tetas de Marilyn, recuerdo al sombrero de James Dean, el bombín de Charlot y la cazadora rocker de Marlon Brando. La última copa de Bogart, Groucho, Astaire. Ahora veo a Cary Grant. No sé, quizá me pase, quizá ha sido un arranque de cinefilia desaforado. O me deje llevar de nuevo por eso llamado encanto. Pero no le veo a él.
Yo creo que esta gente no muere, simplemente desaparece.
Acabo de ver a Fernando León de Aranoa tomando un taxi mientras yo esperaba el (autobús) 22. Lo despedía efusivo Luis Alegre, que es la mejor agenda de la España del cine. Al lado había una parada de bus turístico con algún que otro guiri y en mi parada había alguna maruja y algún marujón. Fiestas del Pilar. 2006. Creo que era el único que sabía quién era quién. Con León se ha subido al taxi alguien a quien han llamado Ripstein, pero Arturo Ripstein no era. Digo yo. ¿Habré sido yo el único que sepa que Fernando León ha estado en la ciudad que lleva su apellido en el escudo? La verdad, no sé qué decir ya. Que Fernando León lleva gafas.
A veces ocurren milagros cuando menos te lo esperas y vuelves a creer que los milagros existen. Ya que no en la vida diaria, ya que no en lo que a las ilusiones mundanas se refiere, ya que no en lo que siempre sale mal, sí en el otro disco que me compré ayer por un euro. El milagro sucede cuando oyes cantar a Ginger y Fred y uno se da cuenta de que estás viendo la película, Sombrero de copa o Ritmo loco o Sigamos la flota. De que estás viendo a Edward Everet Horton haciendo de Edward Everet Horton y al extraordinario Eric Blore haciendo de buen actor. Y de que estás viendo el tap de Fred y la cintura de Ginger. Las películas de Ginger y Fred están suspendidas en el tiempo, Fred Astaire estará por siempre suspendido en el tiempo y en el espacio dándole al tap y lanzando a la Ginger que nunca besó hacia el cielo y las estrellas. Bonito el homenaje de Fellini en su Ginger y Fred. Shall we dance es de Gershwin y resume todo ese espíritu. Escucho el Cheek to cheek y luego el Night and day, todo por el euro más satisfactorio del año. Me acuerdo ahora de la película dentro de la película de La rosa púrpura de El Cairo, una de las tres mejores películas de Woody Allen, donde hay un milagro que traspasa la pantalla del cine. Las películas de Fred Astaire están suspendidas en el tiempo como la película dentro de la película de La rosa púrpura de El Cairo. Igual que nunca quiero que se me acaben las películas de Woody Allen, no quiero que se me acaben las películas de Fred Astaire ni que se me acabe de escuchar nunca ese Shall we dance. Porque nunca quiero que se acaben los milagros, porque me da pena. Ahora digo que me parece de puta madre que Manhattan sea en B/N. Y Zelig. Ya he nombrado las tres mejores películas de Woody Allen.
A veces ocurren milagros por un euro y hasta se te olvida que cada 5 de octubre cumples cada vez más años. Gracias a Ginger, a Fred y a tipos como Woody Allen.
Krzystof Kieslowski es uno de los cinco mejores directores europeos. Digo cinco porque decir diez o veinte es no mojarse. Pero decir eso de Kieslowski no deja de ser una mera simplificación, porque lo de las clasificaciones ya se sabe. Hace poco le oí decir a Woody Allen que hay tres tipos de películas: las hechas por los grandes de verdad; luego las películas clásicas; y luego el resto. A Kieslowski yo lo pongo a la altura de De Oliveira, Flaherty, Murnau. Hors categorie. En jazz sería Dolphy, Monk, fuera de todo etiquetado. A Orson Welles le oí decir un día que Jean Renoir había sido el más grande director de todos los tiempos, fuera de la archi-conocida frase atribuida a Welles de “John Ford, John Ford, John Ford”. Cuando veo una película de Woody Allen (del cual ya me he visto Scoop, una buena película), o leo a Cortázar o veo una película de Kieslowski, pasa que me emociono, hasta el punto de que llegas a enamorarte también de la película o el libro o un disco. Puede ser que te enamores de una tragedia como la de No matarás, que es la última película que me he visto, Decálogo de Kieslowski, decálogo del que quiero verme todos los mandamientos. El primer mandamiento del que me enamoré fue No amarás.
No es el amor lo que perturba la vida,
sino la incertidumbre del amor.
No tengo esperanza. Sólo sé que hay
que tenerla. Es vital, hay que tenerla.
La vida está hecha de fragmentos
que no se unen.
Esto que parece una poesía o tal, lo parecerá, pero, aparte de todo, es una verdad como un templo.
Lo dice en voz en off la Muriel de Las dos inglesas y el amor de Truffaut. Ya me he visto todas las películas de Truffaut, que ya me valía. Las dos últimas son de época y son La habitación verde y Las dos inglesas y el amor. Cada vez creo menos que la vida esté hecha a base de casualidades. Tiene que haber alguna mano por ahí que mueve los hilos, por ahí arriba, o vete tú a saber dónde. He ahí la definición: Esta tarde pienso en alguien a quien no veo en años y al rato la veo. Eso me ha pasado esta tarde. La casualidad o el azar juega mucho en las películas de Truffaut. Desde su célebre “mise en scene”. Ya he hablado de Truffaut más veces, pero me da lo mismo. Y de la imperfección de sus películas hay mucho que hablar. Me gusta su imperfección. Más allá de la perfección de Spielberg, con el que se encontró en la tercera fase. 1941 es la más imperfecta suya y la prefiero a muchas.
Truffaut se resume en la frase que se me acaba de ocurrir. Si tomas partido por algo, son riesgos con los que hay que correr. Y ahora vuelvo a la frase de arriba, que igual es de Truffaut o es del autor de libro en el que se basa la película y que ya me gustaría que fuera mía. Estos días he vuelto a escuchar la música de Los 400 golpes.
Truffaut me gusta porque siempre dice la verdad.
Dos discos de Marvin Gaye. El What’s goin on es como un disco conceptual, palabra horrísona. El What’s goin on me recuerda a Crooklyn de Spike Lee. El Let’s get it on también. Crooklyn es una película denostada de Spike Lee por desconocida. Aquí se fue directamente al video, cosa que quiere decir que oficialmente no tiene la calidad necesaria para estrenarse en cine. Padre, perdónalos. En Crooklyn sale Delroy Lindo, que es un actorazo, pero ya se sabe. En Crooklyn Spike Lee hurga en los recuerdos de su infancia. En Crooklyn hay mucha música afro de los 70 Creo que está ambientada en el 73. En el 73 no lo sé, pero por esos años los Knicks de Nueva York ganaban anillos con el anagrama NBA. Spike Lee acudía a la cancha del Madison en la temporada del 94 con una camiseta de los Knicks a la vez que estaba haciendo y estrenando la película. Porque Spike Lee no es tonto y cuando Malcom X hizo una campaña de merchandising brutal. Me acuerdo que se encaró con Scottie Pippen después de una jugada, porque Spike Lee se ponía en la fila de los ricos a pie de pista. Me acuerdo de una canasta sobre la bocina de Toni Kukoc ganando a los Knicks, pero eso es otra historia. Toni forever. Los jugadores de los Knicks vestían como los que salen en Crooklyn por la calle. Walt Frazier, vg.
Luego me enteré de que Spike Lee y Scottie Pippen se habían hecho muy buenos amigos. O quizá ya lo eran. Este Spike es muy listo. Me gusta el plano final de gente afro de Crooklyn bailando en un programa de televisión con música ultra-afro. El What’s goin on lo acabo de oír hoy y me gusta mucho. El What’s goin on tiene un valor añadido y es que es del año 1971. El Let’s get it on, que lo escucharé mañana, es del 73.
Escuché antes que ver la película de West Side Story. La banda sonora de West Side Story me gusta sobremanera. La banda sonora son las canciones que compuso Leonard Bernstein. Leonard Bernestin compuso la música de La ley del silencio. Tengo un disco con dos versiones que grabó Bernstein de La ley del silencio y West Side Story. En ese mismo disco también dirige su versión de Un americano en París de Gershwin. En West Side Story sale Natalie Wood tocada con un velo blanco de novia en una de las veces que más bonita he visto a una actriz en el cine. No sé cómo se puede enamorar Natalie Wood de alguien como Richard Beymer. Exigencias del guión. A veces la ficción se parece asquerosamente a la realidad.
En West Side Story Natalie Wood se llama Maria. No voy a repetir que Natalie Wood me gusta for sentimental reasons. Un día vi en televisión, cuando en televisión se ponían todavía estas cosas, un documental sobre la grabación que dirigió Leonard Bernstein en los años 80 basándose en su música de West Side Story, con José Carreras y Kiri Te Kanawa. La banda sonora de West Side Story me parece superior a la película, lo cual no quiere decir que la película no me guste. Me gusta mucho y también la coreografía de la película. Manda huevos que el Óscar se lo dieran a los que adaptaron la música de Leonard Bernstein y no a Leonrad Bernstein. Padre, perdónalos.
Me gusta María, pero también Cool, One hand one heart o Tonight. Me gustan porque me producen el mismo efecto que hace un millón de años.
Trueba fue quien asimiló a Wilder por primera vez con Dios y tenía el hombre toda la razón. Lo que pasa es que esto del cine debe ser politeísta porque a mí me salen unos cuantos dioses más. No sé como habría que llamar a Kurosawa, por eso de que viene del Lejano Oriente, pero ya sea Dios, Buda o Karma, el Kurosawa éste es la leche. Lo que daría porque vierais una obra maestra que tiene de menos de una hora que se llama Los hombres que caminan sobre la cola del tigre. O esa otra, Madadayo, su última. Traigo a Kurosawa porque quiero hablar de Toshiro Mifune y no se me ocurre hacerlo de otra manera. Sin rodeos ni historias.
Mifune es un fetiche del cine y del cine de Kurosawa. Ya eso. Y algo más también. Ya trasciende de lo puramente cinematográfico a lo más intrínsecamente cinéfilo. Los de Dogma hicieron una película que se llamaba Mifune sobre un retrasado mental que admiraba a Mifune. En la última película que me he visto, La fortaleza escondida, de Akira Kurosawa, Mifune se convierte en un icono de tales proporciones que se sitúa a la altura del Ethan de John Wayne en Centauros, o James Dean en tres películas sólo. O de la Marilyn forever. Lo que pasa es que viene del Oriente también y es lejano para muchos. Pero luego lo ves en Barbarroja o en Yogimbo o en cualquiera del millón de películas que hizo hasta su muerte y te das cuenta de que este tío, por múltiples razones, da miedo. Mucho miedo. O algo. A mí, lo que al final sea, me lo da. Como la Gioconda en no sé qué película, que me gustaría saber cuál es, en la que se nos ríe a todos (o todo es parte de mi leyenda fílmico-sentimental) con una carcajada sonora en el plano final de la película.
Mifune hizo unas películas específicas de samuráis famosos que algún día me dará por ver.
En Infielmente tuya, la última película que me he visto, sale haciendo de mayordomo un actor que ya sale haciendo de mayordomo en una película de los cuatro Hnos. Marx, El conflicto de los Marx. El actor es desconocido, su cara es desconocida, lo sería también para mí de no haber visto estas dos películas que distan entre sí como 18 años. El actor, no pasaría nada si no dijera su nombre, se llama Robert Greig. Me gustó ver de nuevo en Infielmente tuya a Robert Greig. Es posible lo haya visto en alguna película más, ahora que pienso, porque ahora me entero de que, encima de que era australiano, salió en un millón de películas. Y de que Animal crackers, título original del conflicto marxista, era sólo la segunda película que hizo cuando ya tenía cumplidos los 50 años. Y que Infielmente tuya fue su penúltima. La coña es que, de ese millón de películas que hizo, en la mayoría estaba especializado en el papel de mayordomo. Aún cuando su papel fuera meramente testimonial, y en Infielmente tuya ni sale en créditos, Robert Greig podía estar tranquilo porque trabajo no le iba a faltar.
Hay actores españoles de los años 50, 60, que salen en otro millón de películas. La mayoría de las veces salen dos minutos, iban medio día al rodaje y se ganaban el pan con la conciencia tranquila. Incluido el enrome Manuel Alexandre, quien en Bienvenido Mr. Marshall aparece tan sólo como figurante detrás de una mesa con una media sonrisa todavía hoy impagable. Muchas de ese millón de películas se nutrieron de la más grande y colosal generación de secundarios españoles de siempre.
Ahora me acuerdo de los actores exiliados españoles que salían en las películas mexicanas de Buñuel.